Las arenas movedizas

Si caes en arenas movedizas, el instinto te dice que te muevas con fuerza para salir. Es justo lo que te hunde más rápido. Lo que suele recomendarse es lo contrario: tumbarte, repartir el peso sobre más superficie y moverte despacio.

Con la ansiedad pasa algo parecido. Cuando notas el corazón acelerado, lo natural es luchar: respirar de forma forzada, distraerte a toda costa, intentar convencerte de que no pasa nada o huir del lugar. A corto plazo puede aliviar. Pero también le enseña a tu cuerpo que esa sensación era peligrosa, y la alarma se dispara con más facilidad la próxima vez.

Dejar de forcejear no es rendirse ni disfrutar de la ansiedad. Es dejar de gastar energía en eliminarla y dedicarla a lo que sí depende de ti: seguir con lo que estabas haciendo mientras la sensación sube y baja. Las oleadas de ansiedad, cuando no las alimentamos con más lucha, suelen alcanzar un pico y descender solas.

Un ejemplo de la vida diaria

Pablo nota un vuelco en el pecho en plena reunión y piensa «me va a dar algo». Antes salía corriendo al baño y se pasaba el resto del día alerta. Ahora se dice «esto es ansiedad, incómoda pero no peligrosa», se apoya en la silla, sigue escuchando y deja que la sensación pase a su ritmo.

Personaje ficticio.

Para probar

La próxima vez que notes ansiedad, observa qué haces para quitártela y cuánto dura el alivio. Después prueba, durante un minuto, a notarla sin pelear: ¿dónde la sientes en el cuerpo? ¿Cambia si no haces nada con ella?

Este artículo es informativo y no sustituye a una evaluación ni a un tratamiento psicológico.

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