Si caes en arenas movedizas, el instinto te dice que te muevas con fuerza para salir. Es justo lo que te hunde más rápido. Lo que suele recomendarse es lo contrario: tumbarte, repartir el peso sobre más superficie y moverte despacio.
Con la ansiedad pasa algo parecido. Cuando notas el corazón acelerado, lo natural es luchar: respirar de forma forzada, distraerte a toda costa, intentar convencerte de que no pasa nada o huir del lugar. A corto plazo puede aliviar. Pero también le enseña a tu cuerpo que esa sensación era peligrosa, y la alarma se dispara con más facilidad la próxima vez.
Dejar de forcejear no es rendirse ni disfrutar de la ansiedad. Es dejar de gastar energía en eliminarla y dedicarla a lo que sí depende de ti: seguir con lo que estabas haciendo mientras la sensación sube y baja. Las oleadas de ansiedad, cuando no las alimentamos con más lucha, suelen alcanzar un pico y descender solas.
Un ejemplo de la vida diaria
Pablo nota un vuelco en el pecho en plena reunión y piensa «me va a dar algo». Antes salía corriendo al baño y se pasaba el resto del día alerta. Ahora se dice «esto es ansiedad, incómoda pero no peligrosa», se apoya en la silla, sigue escuchando y deja que la sensación pase a su ritmo.
Personaje ficticio.
Este artículo es informativo y no sustituye a una evaluación ni a un tratamiento psicológico.
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